A cinco años del asesinato de Fuentealba, Sobisch sigue impune

      Ayer en todo el país se organizaron jornadas y actos en repudio del asesinato de Carlos Fuentealba, hecho que ocurriera un 4 de abril de 2007, en el marco de un reclamo que en la actualidad sigue vigente: contra la precarización laboral y los bajísimos salarios. Nuestra ciudad no estuvo ajena a eso en el día de ayer, pese a que las condiciones climáticas impidieron el desarrollo de la jornada de homenaje y lucha, que se realizaría frente a la Catedral. El clima sólo dio tiempo para repartir algunos volantes que tenían como intención: exigir justicia, generar conciencia y evitar el olvido. Por ello es que se escucharon allí algunas voces que sugerían que el acto se hiciera, al menos, en otra fecha.

La orden garantiza, el orden permanece

Carlos Fuentealba fue asesinado de un balazo en la nuca, el 4 de abril de 2007 en la provincia de Neuquén. Si hay asesinato, hay asesinos: a Fuentealba lo fusiló la policía, la orden la dio Sobisch. Lo mató la derecha.

Ninguna acción puede ser comprendida, ni total ni parcialmente, sin considerar las razones que la propician. Todos sabemos que la policía mata, a veces bajo una orden. Ese 4 de abril, el gobernador de la provincia de Neuquén ordenó reprimir la protesta gremial de los docentes neuquinos de la que Fuentealba participaba. Ese 4 de abril, Sobisch continúo la política por otros medios. Ese 4 de abril, el medio fue la orden, el fin el orden. Y es que la derecha siempre castiga doble: tomando decisiones políticas que oprimen y usando el aparato represivo para sostenerlas. Ni el policía que ejecutó la orden, ni el gobernador que la dio, actuaron de forma imprevista; por el contrario, sus acciones responden a un sistema que no puede existir, ni permanecer sin represión.

Las razones del corte de ruta, a modo de protesta, de Fuentealba y sus compañeros docentes, son la verdaderas razones del asesinato: salarios insuficientes; defensa de la escuela pública, gratuita y laica; rechazo al avance de las privatizaciones de la educación; rechazo a la idea del conocimiento como mercancía.  Ese 4 de abril de 2007 los docentes habían decretado una huelga general que incluía el corte de la ruta 22 como medida de protesta. La decisión había sido tomada en asamblea por la mayoría de los afiliados al sindicato de ATEN, perteneciente a la CTERA. Los reclamos que los docentes neuquinos llevaban adelante, el intento de hacerse escuchar ante un gobierno que los desdeñaba y el repudio a las políticas de la derecha que garantizan la opresión de todos los días, eran el desorden que Sobisch no pudo soportar.

A cinco años del asesinato de Fuentealba, los reclamos siguen en pie. También las formas que los gobiernos ejecutan para sosegarlos: las patotas macristas ante las protestas de los docentes por el cierre de cursos y el avance de la privatización en la educación en la Ciudadde Buenos Aires, y la violenta represión a los docentes de Santa Cruz en 2011 son dos claras muestras de ello. Si las represiones ocurren a lo largo y a lo ancho del país se hace cada vez más difícil sostener el trillado discurso oficial que afirma que los gobernadores, las patotas y las policías de las provincias son ovejas descarriadas que nada tienen que ver con lo que acontece en el territorio nacional. Pero no sólo la fuerza de la policía hace su trabajo, sabemos que la legitimidad le debe demasiado a la fuerza de las palabras.  Las últimas declaraciones de la presidenta de la nación: que los docentes “no se quejen” pues trabajan sólo cuatro horas,  tienen tres meses de vacaciones y están mejor que otros trabajadores; además de emular los clichés gorilas de los años noventa, reproducen también las mismas intenciones de fragmentar a los trabajadores y evadir sus propias responsabilidades como gobernante.

Al igual que en el caso de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán en el año 2002, la justicia sólo condenó a quien disparó el arma; a quien ejecutó la orden y no a quien la dio. Ni Duhalde, ni Sobisch fueron aún condenados como responsables políticos. Dos hechos distintos, un mismo objetivo: preservar el orden del sistema capitalista.

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