El under marplatense tiene su festival

.

Es sabido por quienes la habitamos: Mar del Plata es una ciudad bastante conservadora. Los gerontes capitalinos, hartos del rugido eterno de la gran ciudad, una vez que se secaron la sangre de las manos vienen a dejarse morir junto al mar. De este modo, tienen la expectativa de llegar a un lugar tranquilo, lejos del neón y cualquier clase de atisbo de expresión vital y juvenil. Vienen escapando de quienes les recuerdan que ya no son jóvenes, que ya se acabaron sus tiempos de explotar o delatar gente, que la parca está cerca. De pronto, se dan cuenta que Mar del Plata no es Pinamar, sino que, a pesar de que buscan convertirla en un cementerio de elefantes, hay vida que empuja, al menos para desahogarse durante las noches. Fieles a su tradición, los viejos fachos se pusieron de acuerdo con los viejos reaccionarios autóctonos y los negociantes inmobiliarios; así, mezclando dinero, contactos y “opinión pública” lograron clausurar la noche a través de su portero de hule: Don Gustavo Pulti.

En este contexto, poder decir que un grupo de bandas de rock organizó un festival independiente, que duró dos noches y que ambas estuvieron a sala llena, es como hablar de un triunfo épico. Aún más si decimos que es el segundo año consecutivo que se logra este hito invernal. En el momento del año cuando más control hay en la noche, cuando inducen a la gente a quedarse adentro por el frío, cuando no hace falta mostrarse como la ciudad feliz y se puede dejar a los trabajadores en la calle, sin siquiera actividades nocturnas para paliar la frustración, en ese momento, cuando aflora la oscura personalidad de este lugar, se realizó el Festival Desde el Mar #2.

Haciendo esfuerzos, juntándose entre las propias bandas, se logró ganar unos metros, como esos delanteros que a fuerza de empujones le roban un pedacito de posición al defensor rival. Así, el rock local se hizo un lugar entre las carnes de los teatros del centro, última grieta por la cual logró filtrarse para poder presentar su propuesta artística.

.

.

Durante las dos noches del festival, se desplegó un abanico de amplio espectro musical. Varias de las bandas comparten un sonido limpio y puntilloso, otras apuestan a ciertos momentos de desprolijidad. Se hizo evidente el trabajo y la precisión. No obstante, no podemos dejar de remarcar que algunas de ellas logran mejor que otras su cometido, quizá por trayectoria, quizá condicionados por los gustos de quienes escribimos. Además es necesario señalar que el festival fue transmitido en vivo, gratis, a través del live streaming en la página de internet del sello Desde el Mar (DEM), con una audiencia que trascendió la ciudad, la provincia y hasta el país. Trasluciendo un poco lo que es la composición de dicho sello, el público que se arrimó fue realmente heterogéneo, un híbrido de rockeros, fumones, hipsters, caretas, zombies, quemados y gente más grande. Todos podían acercarse al musicalizador de la sala, revisar sus vinilos y elegir lo que iba a sonar durante el tiempo entre banda y banda. También vale decir otra cosa: así como se conoce al público de Viña del Mar como el monstruo, se nos conoce, a nosotros, el público de Mar del Plata como los amargos. Ciertamente, uno aprecia el silencio en un ambiente teatral y sobretodo cuando hay propuestas más tranquilas, pero siendo un festival de rock creemos que la asociación entre mutismo y respeto no siempre es la más adecuada y que no está bien alimentar la autocensura. Afortunadamente las bandas sonaron fuerte y rockearon, algo que difuminó el silencio y la prolijidad. Uno de los momentos cúlmines que quedará en la historia del rock local fue el cierre de la presentación de Luzparis: una explosión sonora en la que a los cinco integrantes de la banda se les sumaron cuatro guitarristas más: Leo y Luciano de Silent, Juan y Lionel de Simmur y Jupi de Tantra. La gente se volvió loca: ocho guitarras, once tipos en el escenario.

.

.

Ahora bien, dicho así nomás, esto puede sonar abstracto y no se dimensiona claramente el trabajo que hay detrás. Para lograr meter cerca de 250 personas por noche en un lugar, sin que haya ningún problema y sin ser un equipo de profesionales organizadores de eventos, hace falta planificación, trabajo, coordinación y buena voluntad. Es necesario agregar que quienes se encargan de ello son las mismas personas que suben al escenario, es decir, trabajo doble: tensión pre escena y la presión de cumplir con todos los detalles que implica organizar algo completamente desde cero.

Esto nos lleva a pensar en cómo ha mutado el rock. Tras el efecto Cromagnon, cuando las bandas del under pasaron a ser parias indeseables, cuando la cultura popular del rock fue demonizada, las oportunidades de llevar la música propia a la gente se convirtió en una misión imposible. En Mar del Plata, si no pagás, no tocás. De este modo, cada día se hizo más difícil y fueron menos los que lograron tocar seguido. Por eso, la imagen del rockero despreocupado al que tienen que sacarle la botella de tequila antes de subir al escenario, esa caricatura que en otro momento implicaba una expresión de desidia y hastío, se convirtió en la imagen del conformismo de los niños bien tras haber sido canalizada por MTV para construir la imagen de la rebeldía permitida y controlable. Para organizar el festival Desde el Mar nadie podía darse el lujo de estar tirado en los camarines esperando que vengan a darle la orden para subir al escenario sin preocuparse por nada. No. Para lograr subsistir, el rock no adulterado por las corporaciones de la música tuvo que aprender a trabajar en equipo, ya que para formar parte de la realidad cultural es necesario empujar y hacerse un lugar entre toda la basura que se intenta inyectarnos. Ahora, el rock es trabajo duro y uniendo fuerzas se empuja más fuerte. Esta claro que esto no podría ser posible con el clásico cuadro del rockero destroy. Es un momento de máxima seriedad y sobriedad para poder pensar claramente y planificar de forma concienzuda. El costado rebelde del rock hoy en día está en reapropiarse de la propia producción y significarla como lo deseen quienes producen y no como las corporaciones quieran. Quizás el costado rebelde de hoy sea trabajar y fabricar los medios para difundir dicho trabajo o conseguirlos a través de la fuerza del conjunto.

Para lograr esto es necesario controlar otro factor muy importante y siempre peligroso en los ámbitos artísticos o de exposición de cualquier tipo: el ego. Si se juntan ocho bandas en dos días tenemos aproximadamente cuarenta egos compitiendo tácitamente entre sí para adueñarse simbólicamente del mismo espacio. Uno no puede ser cándido y pensar que como son buenos chicos no hay nada de esto. Los egos existen, es algo innegable, el asunto es cómo regularlos para no permitir que se coman todo lo que está a su alrededor. En el festival se ha logrado una especie de regulación implícita, principalmente a través del ejemplo que dan quienes mayor trayectoria y reconocimiento tienen. La cooperación de la que hablamos la semana pasada estuvo presente: el trabajo repartido y el compañerismo. Las bandas que no tocaban eran asistentes de las que actuaban, constantemente se hacían presentes los alientos y las felicitaciones por cada presentación. De esta forma se controla un poco ese espíritu de estrella que suele sobrevolar el rock.

Finalmente, no podemos dejar de remarcar la necesidad de que el rock no pierda el ingrediente catártico. Sabemos que el espacio por el que se pudo filtrar la propuesta ha sido un teatro, incluso nos han tratado muy bien allí. Pero pareciera ser que lejos han quedado aquellos recitales donde el humo provenía de las flores y no de las máquinas. La ciudad marplatense con su proliferación de prohibiciones ha hecho que no existan lugares nocturnos donde el under pueda desarrollarse en toda su plenitud. Los teatros parecen hoy el último reducto. A los barcitos de mala muerte los han extinguido. Habrá que seguir dando pelea para abrir y recuperar espacios que permitan que estas movidas rockeras se parezcan más a lo que queremos y no a lo que nos imponen, donde haya un momento para que los amantes del descontrol y la cerveza puedan agitar un poco su espíritu. Desde nuestro punto de vista, el nuevo desafío de DEM debería ser complejizar aún más el mapa de la situación. Quizás sería necesario tomar en cuenta aún más factores de los que ya se vienen trabajando, pensar en las intenciones de la propuesta, trazar nuevas metas, buscar mayor libertad para el rock, para que circule, para que pueda aportar en transformar el medio represivo en el que se desarrolla y evitar que ese medio lo copte o lo mantenga maniatado en los límites predeterminados. Ahora hay que subir la vara un poco más. No se puede reproducir lo que viene sucediendo en Capital Federal, en donde el rock ha pasado a ser, en mayor medida, patrimonio de la clase media-alta, donde ya casi no responde a las expresiones populares. Creemos que es importante recuperar el espíritu rebelde del rock, ese espíritu que rescata el valor de las emociones fuertes, que nos hace cada día un poco más contestatarios con una realidad que suele ser poco justa, que nos lleva a pensar en quiénes somos, así como también posee ese aspecto más catártico del que hablábamos antes: el grito, el agite, el mosh, el vuelo, el cuelgue, el flash, la descarga… sin que ello signifique arruinar nuestras mejores apuestas, por el contrario, que sea nuestro ritual sanador. La experiencia de DEM va creciendo año a año y mantiene su potencial intacto.

.

Dr. Simio, Fiesta Negra, Naranja Mecánica y Violeta Porro

.

Fotos: Martín Xaro

https://www.facebook.com/martinxaro?ref=ts 

 

.

 

 

Anuncios

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s