Tribunales de cartón

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Perpetua en cárcel común para Alfredo Manuel Arrillaga, Ernesto Alejandro Agustoni, José Carmen Beccio, Leandro Edgar Marquiegui, Eduardo Jorge Blanco y Jorge Luis Toccalino; 25 años para Fortunato Valentín Rezzet; 12 años para Ernesto Orosco; 7 años para Héctor Francisco Bicarelli; 5 años para Héctor Carlos Cerrutti, Nicolás Miguel Caffarello y Mario Jorge Larrea –a quien le dieron la condena por cumplida y ordenaron su inmediata libertad-; y absolución para Aldo José Sagasti y Marcelino Blaustein. Así fueron las condenas para estos viejitos asesinos y torturadores, en la causa por el circuito represivo Mar del Plata – Necochea, que involucraba al Centro Clandestino de Detención “La Cueva” y a la Comisaría 4º local.

Esto se sentenció el pasado lunes en el Tribunal Oral Federal nº 1, pasadas las 19, con una gran concurrencia, por un lado, de organizaciones populares, de derechos humanos, estudiantiles, gremiales y, por otro, de movimientos y agrupaciones pertenecientes a la estructura política del kirchnerismo. De las organizaciones convocantes desde la multisectorial se encontraban HIJOS, Votamos Luchar, PTS, Partido Obrero, MIR, TER, Frente Antirrepresivo, Asociación de Ex – Detenidos Desaparecidos, Memoria Portuaria, Frente Popular Darío Santillán, Centro de Estudiantes de Humanidades, CEPA, PCR, Nuevo MAS, Movimiento de Estudiantes de Psicología, Jóvenes Al Frente y Libres del Sur. Algunas de ellas se apostaron a primera hora de la mañana para arrancar con los preparativos de lo que sería el acto que acompañaría la sentencia del juicio. Pasadas las 15, las organizaciones pertenecientes al kirchnerismo, empezaron a hacerse presentes con sus arengas características. A través de los cánticos, de un lado se responsabilizaba al gobierno nacional por la desaparición de Jorge Julio López y el sostenimiento del aparato político-represivo que asesinó a Mariano Ferreyra, entre otros. De la otra parte, la arenga daba cuenta de las políticas implementadas por el gobierno y, un dato esgrimido sin ningún tapujo, en que se daba cuenta de que los desaparecidos eran “compañeros peronistas”, como en una especie de exclusividad de filiación política a los detenidos desaparecidos.

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Al margen de este dato, y obviando algunos momentos tensos entre ambas columnas, la lectura del veredicto encontró un silencio que decía mucho. Un silencio colectivo, que poco y nada tiene que ver con los silencios de la complicidad y la impunidad que reinaron todos estos años, donde miles de torturadores y asesinos estaban libres y sin condena firme. Un silencio que, además, parecía hablar de recuerdos, de memorias, de personas, de los que se quedaron en el tiempo, de los ausentes, de los perdidos, de los desaparecidos. Un silencio que decía de luchas, de muertos por luchar, que hablaba de Mariano Ferreyra, Julio López, Luciano Arruga y tantos otros. Un silencio que se rompía al momento de oír cada una de las condenas, las “justas” (nunca se puede ser justo, aún condenados a cárcel común, con torturadores y asesinos) y aquellas que despertaron el mas enérgico repudio.

Finalizada la lectura de las sentencias, el escrache final llegó con mucha fuerza. Pese al vacío generado por las agrupaciones kirchneristas, que se marcharon una vez finalizado los veredictos, las organizaciones populares se quedaron, una vez más, enfrentando el miedo impuesto por las fuerzas policiales que se apostaron a cubrir las espaldas a los torturadores. Evidentemente, la sangre derramada no se pretendía negociar. A la impunidad se le anteponía la movilización, la lucha, el combate en la calle, el señalamiento, la condena popular. El perdón de los estrados judiciales, no hacía más que alimentar el fuego de la memoria, que se transformó en una lucha cuerpo a cuerpo con los mercenarios escudados.

A la espera de la salida de los asesinos, estaban HIJOS y el PTS. Y uno de ellos salió. La burla fue atroz: disfrazado de policía federal, Sagasti se iba a gozar de su absolución. La infantería no dudó un segundo en hacer lo único que sabe: reprimir con gases lacrimógenos y palos a quienes seguían allí indignados por semejante impunidad.

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La baja condena y absolución de algunos de los torturadores, permite pensar en lo limitado que resulta la política de “derechos humanos” del gobierno nacional. Aún, con la apertura de algunas causas, queda evidenciado que es insuficiente y que quedan muchos represores en libertad, incluso algunos cumpliendo actualmente funciones dentro de las fuerzas represivas del Estado, y quizás en alguna oficina estatal. Las sospechas no son menores, si consideramos que el gobierno no ha abierto los archivos del ejército y de otros organismos de inteligencia. También esto lo podemos notar en la desaparición forzada de Jorge Julio López (ver nota de COMUNA), en manos de servicios de inteligencia y de elementos de la policía bonaerense que aún trabajan cual organización de la dictadura, y en el asesinato de Silvia Suppo, testigo clave en juicios por delitos de lesa humanidad de Rosario.

Algunos de estos hechos fueron manifestados por la agrupación HIJOS durante la lectura del documento consensuado entre las organizaciones presentes, y que, entre otras cosas, denunciaba los casos de gatillo fácil, la criminalización de la protesta social, los asesinatos de Mariano Ferreyra y de los caídos en lucha. Al grito de 30000 compañeros detenidos – desaparecidos, ¡presentes!, le siguió la arenga en memoria de todos los luchadores asesinados.

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Sin dudas merecen el más enérgico repudio las bajas y nulas condenas a algunos de los mercenarios que ayer se condenaban. Pero también ese acto final, el escrache, el enfrentamiento con la policía, las pintadas, la arenga combativa y memoriosa, son la muestra clara de que la calle es el espacio donde verdaderamente se condena a los verdugos.

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Viejo Verde

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