La mató la policía, la mató la justicia

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El 4 de febrero del año 2001 era un día de calor. En las radios se escuchaba el nombre de Natalia Melmann, una chica de 15 años que había desaparecido. Sus padres, hermanos y amigos salieron a buscarla desde temprano. Unas horas más tarde gran parte de la ciudad de Miramar estaba en la calle reclamando la aparición con vida. La policía decía no saber nada. Uno de sus tantos cómplices, Enrique Marcelo Honores -Intendente del Partido de Gral. Alvarado por esos tiempos-, preparó el terreno para que los asesinos pudieran moverse con rapidez. Cuatro días después apareció en el Vivero el cuerpo sin vida de Natalia, zona por la que se había realizado previamente un rastrillaje. La policía borró huellas, fabricó un culpable, paseó el cadáver por destacamentos y aguantaderos. Todo esto ocurrió después de haberla torturado, violado y asesinado. Y todo esto mientras un pueblo entero la estaba buscando. Sin funcionarios ni un sistema judicial tan corrompido, la yuta no tendría el “permitido” de ser asesina.

Cuando apareció el cadáver de Natalia después de 4 días de búsqueda, la población de Miramar volvió a movilizar, pero ahora con los objetivos de exigir justicia y denunciar a sus asesinos y a todos sus cómplices. Paso obligado fue la comisaría, donde se realizó un escrache al cual la caballería respondió reprimiendo con gases lacrimógenos. Desde entonces la familia Melmann es doblemente víctima: sigue recibiendo amenazas, fue agredida, su casa fue baleada y hasta el HCD de Gral. Alvarado ha decidido sacar una placa recordatorio colocada por el pueblo en la comisaría en un aniversario del asesinato.

El caso de Natalia fue el primero en hacer público los diferentes abusos de la policía contra los jóvenes. Desde hacía años la “cana” en Miramar perseguía, hostigaba, golpeaba  y violaba adolescentes, amenazándolos después con matar a su familia, si a las víctimas se les ocurría hacer una denuncia. Las famosas razzias en los boliches  terminaban con pibes golpeados y pibas manoseadas. Los insultos que propiciaban los policías desde los patrulleros a las mujeres, casi siempre con connotaciones sexuales, eran cosa de todos los días. Como no alcanzaba con ese plantel policial, empezaron a mandar la peor escoria de otras ciudades, la de Mar del Plata entre ellas. Los responsables de casos de “gatillo fácil” eran trasladados a Miramar a una especie de rehabilitación. No cumplían condena por homicidio, sino que iban a pasar unas vacaciones a “La ciudad de los niños”. Si en ese contexto no mataban a nadie, estaban rehabilitados y podían volver a su ciudad de origen a continuar usando la chapa.

Pero no fue este el último caso en el cual resultó implicada la policía. En el año 2005 desapareció “Manolo” Duarte, de 15 años de edad. Otra vez, rastrillajes, algunas pruebas eliminadas y otras dibujadas. El último lugar en donde estuvo Manolo fue en la casa de un amigo, hijo de policías. A diferencia de Natalia su cuerpo nunca apareció. Solo una parte de su tibia se encontró en un arroyo meses después, las pruebas de ADN tardaron casi un año en demostrar que pertenecía al cuerpo de Manolo. Todavía no hay causa, ni culpables de su muerte. En una ciudad de pocos kilómetros de largo y ancho, de pocos habitantes, permanecen los “desaparecidos” durante días y meses. Los responsables  libres.

La investigación del homicidio de Natalia estuvo teñida de más corrupción. Finalmente hubo culpables -asesinos y violadores-: Oscar Echenique, Ricardo Suárez y Ricardo Anselmini, los tres pertenecientes a la Policía Bonaerense -conocidos abusadores de la autoridad en Miramar- y Gustavo “El Gallo” Fernández, quien “entregó” a Natalia a estos asesinos -encargado de hacer trabajos sucios para la policía-.

En el año 2002, el Tribunal Oral en lo Criminal n º2 de Mar del Plata condenó a los 3 ex policías a la pena de reclusión perpetua por resultar responsables de los delitos de “privación ilegal de la libertad agravada, abuso sexual agravado y homicidio triplemente calificado por ensañamiento, alevosía, en concurso con dos o más personas para procurar su impunidad”. El “Gallo” Fernández fue condenado a 25 años de prisión acusado de ser el “entregador”.

En el año 2006 el Tribunal de Casación redujo la pena a prisión perpetua, otorgándole así a los tres asesinos, beneficios como salidas laborales o transitorias. En el 2010 este fallo fue revocado por la Suprema Corte de Justicia bonaerense, que aprobó la condena a reclusión perpetua, por lo que la defensora de los policías recurrió al máximo tribunal de la Nación, el cual también confirmó la pena en abril último. Para denunciar esta situación, Gustavo Melmann, padre de Natalia, llevó a cabo una huelga de hambre frente a Tribunales en Buenos Aires. También denunciaba que la Sala I de la Cámara de Apelaciones de Mar del Plata recomputó la pena de Anselmini con el beneficio del 2 x 1, y con sólo 8 años de prisión cumplió 17 de la condena, por lo que goza de esas salidas transitorias. A Gustavo Fernández también le redujeron la pena a 10 años de prisión, pero como fue condenado por otro homicidio, aun permanece preso. Según la justicia hay gente que puede matar dos veces y pagar por una sola.

El 27 de octubre empezaron a gozar de las salidas transitorias los asesinos Suarez y Echenique. En repudio a esta decisión descarada de la justicia, en manos del titular del Juzgado de Ejecución Penal 1 de Mar del Plata, Ricardo Gabriel Perdichizzi; se realizaron cortes en los accesos a Miramar con el fin de no permitir el ingreso de los asesinos a la ciudad. Uno de ellos, Echenique dio como domicilio la casa de un familiar que se encuentra a dos cuadras de la casa de la familia Melmann. Tanta impunidad es provocación. 48 horas de libertad al mes para un asesino es demasiado aire para algo que está excesivamente podrido.

El aparato represivo del Estado sigue intacto y miles de Natalias y Manolos y Lucianos y Julios López seguirán apareciendo si se sigue naturalizando esta brutal práctica. Sin dudas a Natalia la mataron tantas veces como liberaron a sus asesinos. Pero también vuelve a nacer en cada corte, en cada manifestación, en cada señalamiento a sus verdugos.

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Violeta Porro

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