La búsqueda del arte incompleto

.

Les Jubilet: Mauro Scándali, guitarra -Favio Camiletti, batería- Ignacio Santos, bajo- Anahí Fernandez, acordeón- Sol, Renata y Andrea, coros.

.

¿Cuánto arte puede caber en la inexpresión? Es una pregunta que remite tal vez a Daniel Buren, a la época del arte conceptual, y que me permito, con cierta desidia, renovar al momento de referirme a Les Jubilet. Porque la comunicación, fragmentada, breve, indecisa, de este grupo musical obedece, probablemente, a una búsqueda del arte incompleto, falto de toda redondez y todo rótulo, falto –o remiso- a la completitud apolínea. Se trata, en suma de un arte de los tiempos, que sin embargo trata, a tientas, de superarlos. Esta estética, esta poética que Les Jubilet desliza continuamente es un camino difícil: se trata de proponer al espectador, al oyente, que él mismo complete el cuadro. Como en la canción Bilis negra, todo se basa en una leyenda improbable, a la que es preciso redefinir y rectificar cada vez. Pero, para componer ese cuadro incompleto, hace falta, paradójicamente o no, dominar una técnica que permita inscribirse respetuosamente en un sincretismo en el que incluyo, con asumida arbitrariedad, a Alfredo Zitarrosa, Bob Dylan, Jimi Hendrix, Ben Folds y Los Visitantes (añádanse luego ad libitum los nombres que se quieran). Después, viene la búsqueda de una originalidad que no se convierta rápidamente en pose, y en eso, Les Jubilet acierta con los timbres, la armonización,  las melodías, la guitarra rabiosa.

.

FOTO LES JUBILET

.

Es una propuesta counter y no tanto, va y viene, vacilante, entre lo ligero y lo indigestable, lo puramente vocacional y lo comercial, incluso entre el personalismo autoral y la cooperación, por lo que difícilmente pueda convertirse en un alivio o un consuelo. A mí me parece que aunque siempre inacabado, es un trabajo encomiable el  de intentar una propuesta estética en un tiempo en que ya no hay tiempo para eso,  en que la mera consagración se vuelve tan estólida, veloz, inclemente, en que los patrones de la cultura de masas nos vuelven cada vez más analfabetos y más receptivos para la mediocridad, las consignas gastadas, la palabra baja, donde la estandarización de los sentimientos conduce a la represión y la desconfianza frente a toda originalidad en tanto algo incompleto y provisional, exploratorio. Exploratoria es la presencia de una mujer que canta y toca el acordeón, de un joven que toca el serrucho y le arranca una especie de llanto, y todo eso, con cierto sentido de la belleza, porque, según una frase que se atribuye dudosamente a Antonio Gala, “la belleza es la sorpresa”. Dar al otro algo menos de lo que espera es darle algo más, porque el otro espera lo que espera. Si a uno no le gustan las sorpresas, y menos las que traen de menos, no es culpa de Les Jubilet. Ellos sólo alcanzan a expresar o inexpresar, con maestría y buen gusto, la melancolía por lo que nos falta y nunca podremos completar, llámese objeto malo, bilis negra o como se quiera. Se experimenta cuando uno se levanta del palco y se va, caminando por la oscura recoba mientras los últimos acordes se pierden en la noche.

Dr. Kumalo

Anuncios

Un comentario el “La búsqueda del arte incompleto

  1. Les Jubilet dice:

    /Entre lo ligero y lo indigestable. En contestación a una inacabada apreciación: Arte interminable que se gesta como expresión.

    Un arte que enaltece la divina humanidad por participar al individuo con la armonía celeste. En esos fugaces lapsos compone Apolo el errante, con su propia y tradicional expresión. Es el momento que se busca a tientas, cuando se sabe estar afuera y sin peligro. Desde esa clase de sensaciones los humanos inventamos a los dioses, o viceversa. El arte es acrecentar la pupila en un incendio, acudiendo al convite otros humanos con su propio pecho ardiente. Y en ese ritual sagrado, festivo se liban las canciones. Y para darles su último toque de perfección, se echa todo al fuego.

    El grupo de personas que hacen el ruido más o menos concertado de Les Jubilet (un camino imposible y torcido), progresivamente pasa por el paraje espinoso de la melodía-melopea y el ritmo primordial hacia el valle donde la visualización conceptual y el melindroso panorama idiomático. El arte en ese momento es la sustancia que deposita el mundo para que las palabras nos dispongan, la cultivación del terreno. Se cruza desde allí y con más o menos arte se puede seguir adelante o perder todo rumbo en la dislocación. Todavía puede generarse belleza en este páramo.

    En esta época llena de ruido y malicia, parece que siempre el arte estuiviese buscando los indicios del paraíso o el baldío perdido. Aunque no se pueda recuperar la leyenda, su pasado es seguro. La herida, o la cicatriz, Orfeo o Dionisio melodizan en ritmo certero, indiscutible. Si hablamos de un pasado irrecuperable, hemos de haber olvidado algo. La melodía como traslación a una constelación voluntaria, posible y mayor. O quizás en el impulso vital de las primeras caminatas, porque continúa una respiración del organismo. Olvidamos la armonía si en el trazado permite que perima la arquitectura de un arte subrayado. La Torre de la canción se levanta con todo aquello y los proletarios timbres, verbigracia, una guitarra rabiosa. Entonces Dios es evocación.

    Siendo una apreciación inacabada, sesgada, plena de falsas inferencias por parte del Dr. Kumalo, es un trabajo encomiable sin embargo el de intentar una respuesta teórica en un tiempo en que ya no hay tiempo. “La mera consagración se hubiera vuelto estólida, veloz, inclemente.” Aunque la mirada deja entrever, paradójicamente, una lasitud en la fuerza indagatoria y un escaso interés en la conmoción simpática.

    Lo definitivo es el barrio donde termina el camino del arte, la exploración de lo indeterminado de la vida. Es el terreno de la sorpresa, la de que ella levantó campamento porque no hay más tiempo. ¿Adónde iremos entonces con técnica sincrética, la maestría y el buen gusto? Habrá que volver a escuchar en silencio, y tener la valentía de dejarse llevar por ella como en aquella primera instancia música. Y recordar las palabras de Braque “trabajar para perfeccionar la mente”.

    Para “inexpresar la melancolía por lo que nos falta y nunca podremos completar, bilis negra o como se quiera.” sólo fueron necesarias una agónica sed de euritmia que pugna en los cristales de un observador que cerró sus ventanas, y una subsiguiente –aunque preexistente- impulsión en palabras de negación a mirar.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s