Vamos a la playa. O no

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Una hora eligiendo el pasaje obsesivamente. No, no dan todos lo mismo. O sí. Cuando hiciste muchas veces el mismo viaje aprendes ciertos trucos. O no. Llegas a retiro 40 minutos antes. Precavido. O no. Cuando el horario de partida era 1.45 am y son las 2 empezás a sospechar lo peor. O no. Escuchás esas tres palabras que en sí no portan maldad pero juntas y ordenadas correctamente en el momento adecuado son la bienvenida al infierno: “partirá con demora”. Siendo las 2.30 am escuchas: “los pasajeros de El Rápido Argentino servicio 1.45 tengan a bien acercarse a la ventanilla 1”. Así con dulzura. O no. Más bien como si te mordiesen la oreja mientras te acarician con los dedos escupidos y te susurran que va a doler un poquito. Te acercas a la ventanilla, te anuncian el cambio del pasaje por otro similar. O no. Sale 3.15 am, es un micro base, lo que no te dicen es que es modelo 82, ni que a nadie se le ocurrió limpiarlo. Pero me estoy adelantando. Te devuelven 28 pesos, que estás seguro no cubren la diferencia. Te dan ganas de prenderles fuego la ventanilla, pero ves al cajero de traje un jueves a las 2.30 am enfrentando a una turba iracunda y la moral obrerista te puede y haces silencio. O no. Pero cuando miras a la punkie con dos pibes que se queja de que no puede seguir entreteniendo a los críos 45 minutos más en Retiro, entendés que la idea de prender fuego la terminal no está del todo mal. Te fumas 3 puchos al hilo, parece un buen momento para empezar a fumar. O no.

Subís y los números no corresponden con los boletos, te ubican en el fondo al lado de la cafetera, sus olores y sus moscas, debajo del aparato del aire acondicionado y sus ruidos, sobre el motor. Claro, quién iba a saber que siempre viajas en el medio porque sos fóbico a las rutas y tenés miedo que choquen al micro de atrás o de adelante y se te ocurre que el centro del coche es la mejor opción. Cuando se apagan las luces, terminás de escribir tu catarsis y empezás a pensar que lo peor ya pasó. O no. En el preciso instante que te dispones a dormir te empapas. No puede ser. O sí. Se tapa la descarga del aire acondicionado y empieza a filtrarse sobre el techo de tu asiento y es como si hubiesen abierto una canilla. La situación parece ficticia, pero no. No es un sueño ni una pesadilla. Tomás tu mochila y te dirigís al chofer al cual le explicas la situación. El chofer no parece muy compresivo. O sí. Te ofrece un rollo de papel higiénico para que seques el asiento mientras te dice que el servicio viene lleno y no podes viajar sentado en la escalera. Le señalas que te parece más que razonable su comentario sobre la imposibilidad de viajar las 4 horas y media restantes sentado en la escalera. Y te animas a más: le señalas que hay algo de quimérico soportar una canilla abierta sobre tu cabeza el resto del viaje. Es como una versión porno exuberante de la tortura china de la gota sobre la cabeza. Te dispones a dormir en la escalera del colectivo cuando el chofer se detiene, sube a ver tu asiento y baja con una puteada que no logras descifrar si es para vos, la empresa o el aire acondicionado. Se prenden las luces y todas las miradas se ciernen sobre vos. El chofer balbucea en un Handy buscando una solución. O no.

Lo próximo que sabes es que estás parado en un peaje viendo si otro micro le hace la gauchada al chofer de llevarte. Gauchito el chofer de la Costera Criolla que decide llevarte. Ahora sí, lo peor es algo que habita en el pasado. O No. Te asignan un asiento junto a uno de los lobos marinos de la rambla que está llegando tarde a la temporada. Ya sabemos, el transporte público saca lo peor de nosotros y en este caso exacerba nuestro misantropismo y lo peor de nuestro micro fascismo. Pero es que este hombre desborda. Desborda su asiento, desborda en gestos, desborda en movimientos, desborda en expectoraciones, desborda en mocos que limpia sutilmente en la cortina del colectivo, desborda en flatus vocis y no tan vocis. No, no va a ser una posibilidad dormir en el colectivo. Finalmente arribas a la terminal a las 9 am. Te dirigís a la oficina a reclamar la devolución de tu dinero, pero esa es otra historia. O no.

A unos días del aniversario de la masacre de Once y de vacaciones todo parece una frivolidad. O no. Y ahí recordás la lectura de la tarde. Reías con sorna frente la creencia leibniziana de Lúkacs, quien afirmaba que en cada fenómeno social se podían hallar expresadas todas las contradicciones del sistema y de su historia. Y ahora no parece una idea tan alocada. O sí. Pero aunque lo anterior fue un particular mal viaje no deja de expresar los resultados de años de una política de desguace del transporte público, de falta de controles y de negociado entre las patronales, la casta política de turno y los burócratas sindicales. El continuismo entre el kirchnerismo y el menemato en lo que refiere a la política de transporte se demuestra por sus efectos, más allá de las innovaciones mafiosas en la política de subsidios. El slogan del innombrable “ramal que para, ramal que cierra” fue la condición de posibilidad de este empresariado de amigos y subsidios, de la tercerización a manos de las pymes de las patotas sindicales. Pero no le quitemos mérito al matrimonio santacruceño que recicló a los Cirigliano, que entronó a Pedraza y que puso a cargo al testaferro Schiavi. 10 años de Kirchnerismo y la recuperación de ramales de los ferrocarriles fue mínima, el transporte de carga sigue siendo en camiones por rutas destruidas. Cada anuncio de obra pública frente a una tragedia es un gesto más de cinismo. Es el anuncio de un nuevo desembolso presupuestario que indefectiblemente termina en las manos de los amigos de siempre. Las partidas se evaporan y las obras se anuncian y re anuncian, pero no se realizan. Las condiciones de los trabajadores se precarizan y las persecuciones se agudizan. Los pasajeros padecen un trato denigrante en el mejor de los casos, y no pocas veces mueren en situaciones evitables. 10 años de Kirchnerismo, 10 años de negocios de bajo costo. O no: Once, Mariano Ferreyra…

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Dr. Seuss

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