Nenes de antes

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A finales de 2011 escuchamos y vimos por última vez a Divididos en Mar del Plata. Ya no vienen todos los años. “Escuchá… sentado por un rato” idearon los afiches promocionales del show que se realizó durante ese año en el Teatro Auditorium. Impecable. Sonido demoledor aún en formato acústico y una destreza extraordinaria en la ejecución. Sobre el final, todo se desajustó un poco. Resabios de la vieja cultura rockera. La que supo ser contestataria y rebelde. Aquella que molestaba a padres, abuelos y a todo representante jeronte de una sociedad represiva. Nos paramos y arremetimos hacia el escenario cuando sonó el bajo de “Nextweek”. Olvidamos las butacas del Auditorium. En “Ala Delta” hubo un pogo complejo por las características del lugar. Todo terminó.

El pasado viernes 28 de junio Divididos volvió a Mar del Plata. No escuché las publicidades, no vi carteles. Algún que otro comentario en las redes sociales. Amigos que te avisan porque conocen sobre tu fanatismo. Un día antes –porque no tiene el mismo sabor sino hacés las cosas siempre al límite- me acerqué a comprar la entrada: 200 pe. Me habían comentado. Hacía meses que no escuchaba a la banda. Aposté a una noche sublime. Pude perder. Uno sabe qué va a ver cuando asiste a un recital de Divididos, pero hay pequeños detalles que pueden modificar las condiciones en las que uno vive la experiencia.

El riff que introduce la canción “Salgan al Sol”, perteneciente a Billy Bond y la Pesada del rock’n’roll, marcó el inicio de un show que originó sensaciones similares a las que provocaría un partido entre el Brasil del ´70 y el Barcelona de Guardiola, ida y vuelta, con golazos y lujos constantes. Todo esto invitó al público a desbordar las instalaciones de GAP, saltando, amontonándose unos con otros, creando focos vacíos para luego incorporase en ellos durante los estribillos de las canciones y hacer que las emociones exploten.

Nada nuevo podría contarle a alguien que ha visto a Divididos en vivo sobre su sonido. Poderío, estabilidad y solidez son algunas de las palabras que sabrían acercarse a una descripción de las sensaciones que el oído descubre en un ambiente musicalizado por esta banda. Un bajo que conduce, fuerte y seguro, mientras rebailotea a la par de la batería. Transita y se resbala sobre esas cuatro cuerdas a paso firme. Tan firme que hasta pifiando la escala, suena bien. Diego Arnedo toca cada vez mejor. La batería es ejecutada por un boxeador nato. No sabemos si Catriel Ciavarella se entrenó con una masa en cada mano para tocar la batería o si cada vez que tiene un show se enoja a propósito, pero lo cierto es que la caga a palos. Pero además de tocar con esa actitud salvajemente animal posee unas virtudes rítmicas inigualables. Voy a simular que Ricardo Mollo no me gusta tanto y sólo voy a decir que sus cualidades rítmicas a la hora de solear con la guitarra dan cuenta de los años que hace que toca. 45 horas por día. Simplemente eso, se sabe todos los yeites que existen.

La relación dialéctica entre la música que vino del escenario y la que iba hacia él por parte del público le otorgó ese plus, ese detalle que provoca que la noche no sea una noche más. Divididos nos ofreció una terrible jornada de rock. El público devolvió: “Luca no se murió, Luca no se murió, está tocando con Pappo para los pibes de Cromagnon”. Divididos hizo que un pibe de 7 años toque la batería en “Ala Delta”. El público le regaló la ovación de la noche. La reserva está funcionando, hay Divididos para rato.

Un amigo me dice que la cultura rock ya murió. Que los padres llevan a sus hijos a los primeros recitales. Que les compran los instrumentos para armar la primera banda. Que los llevan de acá para allá. El rock era contestatario y rebelde cuando tenías que conformar tu banda a pesar de tu familia, de las autoridades escolares, etcétera. He tratado de discutirle, pero creo que tiene razón. Mi amigo es un pesimista, pero no por eso deja de ser realista. El rock ha sido adaptado a un formato que puede ser consumido por la familia, el Estado y otras instituciones que sostienen el capitalismo. Hasta el vicepresidente de nuestro país se hace pasar por rockero. Las familias se organizan para ir a ver bandas y lo hicieron para ver a Divididos. La situación parece decretar la muerte de la cultura rock, de la cultura contestataria. Pero ¿podemos acaso permitir esto? La cultura Rock sobrevivió a los ´90 como un grito desesperado de la clase trabajadora. ¿Tan aceitados están los engranajes represivos del capitalismo que no podemos generar una nueva cultura contestataria? Creo que sí.  Sin embargo, podemos seguir disfrutando de noches rockeras, construyendo nuevas relaciones y craneando hasta el hartazgo con la posibilidad remota de hacer tambalear la maquinaria que destruye la cultura alternativa.

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por Gris Topo

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Un comentario el “Nenes de antes

  1. Muy buena crónica, y la reflexión final me dejó pensando… Creo que ese amigo pesimista y realista tiene razón, bastante razón.

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