Marx plastificado

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Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y la otra como farsa.

                        Karl Marx, El 18 brumario de Luis Bonaparte.

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¿Por qué estamos como estamos? ¿Cómo llegamos a ser lo que somos? Fueron algunas de las preguntas ordinarias, pero no por ello superficiales, que Marx intentó responder en el siglo XIX. Su apego a la modernidad, con ciertos vestigios de progreso y positivismo, lo llevó a buscar la respuesta en la historia y en las leyes. Preguntarse cómo llegamos a ser lo que somos o a estar como estamos, es un modo simple de preguntar por la procedencia. El sentido de la pregunta por la humanidad, la libertad, el progreso y el sujeto histórico tuvo la intención de restituir la totalidad escindida por el individualismo liberal. Dicho intento llevó a Marx a la indagación sobre el contexto de producción económico-político. Estudiando al capitalismo industrial como modo de producción dominante de su época pudo explicar científicamente las relaciones desiguales. Supo dar respuesta a las preguntas iniciales.

200 años después, con algunos matices no menores, el estado de cosas no ha variado demasiado. Los mass-media, el desarrollo del capital financiero, el sistema crediticio, el gran crecimiento de los bienes de consumo, sumado al trabajo ya no sólo industrial sino también relacionado a los bienes de servicio, son algunos de los ítems que Marx anticipó pero no pudo teorizar en su tiempo. A esta nueva forma de variante algunos la llamarán capitalismo tardío. Otros, más osados, darán muerte a la modernidad para sentar bases de una nueva época: la posmodernidad.

Amén de la época en la que nos encontremos, algo es claro: el capitalismo en tanto sistema de producción económica, en tanto modo de organización política y en tanto forma de relación social, sigue vigente. Quizás sea por su perversa capacidad, también vislumbrada por Marx, de volverlo todo parte de sí mismo. Suele decirse: si usted quiere que un rompecabezas nunca se arme por completo, entonces agréguele piezas. Así se muestra la lógica del capital, donde el rompecabezas parece no tener fin y la proliferación de piezas se vuelve la paradoja constitutiva. Todo aquello que se incorpora a los axiomas del capital no es nuevo, es lo viejo convertido en farsa. Todo aquello que nació como antagonismo, es incorporado dentro de la misma lógica. Lógica que parece ser el pilar fundamental del capitalismo. Pensar lo nuevo, la pieza que no encaje ni pueda ser encajada, parece ser la tarea subversiva de la época. Las diferencias que implican decirlo y hacerlo, están a la vista.

Una sugerente muestra de estos mecanismos paradójicos, aunque usuales, es la publicidad y sus mensajes. Vemos amplificadas y multiplicadas las imágenes del Che Guevara, en una frívola versión pop, donde no importa la historia ni la procedencia, sino el símbolo transformado en mercancía y objeto de consumo; ni más ni menos que el proceso de destotalización al que Marx, sin matices, puso en jaque. La publicidad presente en la comunicación de los mass-media no sólo contribuye a la perpetuación del sistema capitalista al promover el consumo, sino que es en sí misma un negocio rentable. Y, como ya lo señaló Marx con respecto a toda mercancía, determina el objeto de consumo, el modo de consumo y el sujeto de consumo; es decir, el qué, el cómo y el quién. En síntesis: un sujeto que necesite consumir para que haya un productor que satisfaga sus necesidades. A primera vista, parece que la finalidad principal del discurso publicitario es el estímulo para el consumo de bienes. Pero lo cierto es que su finalidad principal es la de reproducir el proceso publicitario por medio del consumo de la publicidad. El objetivo de la industria de la publicidad es el consumo de la publicidad misma, de sus mensajes que son, a su vez, sus mercancías.

Usted, lector, se preguntará ¿Para qué toda esta perorata? Y es que hace unos días el banco alemán Sparkasse Chemnitz[1] comenzó a promocionar una tarjeta de crédito de la famosa empresa internacional MasterCard con el provocativo detalle de que en su lomo puede verse un busto de Karl Marx. Después del insulto inmediato que a uno se le cruza por la cabeza aparece la obligatoria reflexión. Es claro que ni el banco del Este ni la empresa MasterCard pretenden promover el consumo de la idea de socialismo, más allá del obvio oxímoron. Por el contrario, el sentido de la publicidad se relaciona con el mundo tal y como es, y contribuye a reproducirlo tal y como es: capitalista. Retomando la perorata: la publicidad de la imagen de Marx no es transitiva. La riqueza obtenida será producto de la venta de la propia publicidad.

Toda mercancía crea sus consumidores, pero ninguna creación es ex nihilo. Siempre hay una idiosincrasia previa que tendrá la disposición a recibir el objeto creado ¿Cuál es el sujeto consumidor que ésta publicidad necesita y promueve? Es inevitable, si uno quiere ser aunque sea un poco marxista, volver a los contextos. No olvidemos que la idiosincrasia, al menos de la mitad de Alemania, conserva cierta sensibilidad por los emblemas promovidos porla URSS estalinista, más allá de su papel real como fuerza política. Y es que por 41 años fue la ideología dominante. Reivindicar el símbolo de Marx en una tarjeta de crédito, más que resignificarlo es des-simbolizarlo: quitarle toda la carga subversiva que expresa. No vaya a ser cosa que las clases medias-altas se organicen para hacer la revolución.

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El uso de Marx en tanto des-símbolo es el intento de someter pasivamente al consumidor a la reproducción del sistema. Dicho sometimiento oculta estrategias sutiles de opresión, bajo símbolos que, paradójicamente, representan la liberación.

Que Marx vuelva en forma de farsa mezclado con las instituciones más representativas del capitalismo, con todos los manierismos y crispamientos estilísticos del pop-art, no es más que la confirmación de aquella frase del epígrafe. Resulta un pastiche posmoderno donde la imitación es una parodia vacía que carece de sentido del humor. Seguimos viviendo en un sistema de desigualdades y Marx continúa siendo el catalizador de la lucha por una sociedad igualitaria: sin explotación del hombre por el hombre. No hay nada en ello que invite a la risa.


[1] Para usted, estimado lector, que, al igual que los autores, puede llegar a dudar de la veracidad de todo este asunto, puede corroborarlo a través de este enlace: https://www.sparkasse-chemnitz.de/privatkunden/index.html

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Naranja Mecánica y Patito Amarillo

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